lunes, 2 de marzo de 2026

👨‍💻 POLÍTICAS DEL OLVIDO | Oblivion Politics | Transcripción

Imagen ilustrativa de Pedro Sanchez
  | Pedro Sánchez (Presidente español): “La España actual es fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido” El presidente en funciones ha destacado cómo "el mausoleo" del Valle de los Caídos "era más que un anacronismo y una anomalía: un agravio a la democracia española". "Ponerle fin era un deber para las generaciones que no crecimos bajo el trauma de la Guerra Civil y el franquismo. Hoy rendimos un tributo a todas las generaciones pasadas. Y con el pensamiento puesto en las generaciones futuras proclamamos que la enseña de la democracia y la convivencia ondeará siempre en nuestra patria" | Madrid. 24 oct 2019 | Image Credits: https://elpais.com/

En este artículo realizamos un recorrido conceptual por los diversos sentidos de la noción de olvido y su vinculación con la vida política y las demandas de justicia, y presentamos distintos casos de procesos de olvido en las experiencias europeas y latinoamericanas.

Palabras-clave: olvido; memoria política

En abril de 1598, el Rey Enrique IV de Francia emitió el edicto de Nantes, un decreto que autorizaba la libertad de conciencia y la libertad de culto para los calvinistas. La promulgación de este edicto puso fin a las Guerras de Religión que habían desgarrado a Francia en el siglo XVI, y cuyo punto culminante fue la Matanza de San Bartolomé, de 1572, en la que fueron asesinados miles de hugonotes en Paris y otras regiones del reino. El primer artículo es un artículo de amnistía que ponía fin a la guerra civil:

Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros tras el comienzo del mes de marzo de 1585 y durante los convulsos precedentes de los mismos, hasta nuestro advenimiento a la corona, queden disipados y asumidos como cosa no sucedida. No será posible ni estará permitido a nuestros procuradores generales, ni a ninguna otra persona pública o privada, en ningún tiempo, ni lugar, ni ocasión, sea esta la que sea, el hacer mención de ello, ni procesar o perseguir en ninguna corte o jurisdicción a nadie. Articulo a: Prohibimos a todos nuestros súbditos de cualquier estado y calidad que sean que renueven la memoria, ataquen, resientan, injurien ni provoquen uno a otro por reproche de lo que ocurrió por cualquier causa y pretexto que sea, disputen, impugnen querellen ni ultrajen u ofendan de hecho o de palabra, sino que se contengan y vivan apaciblemente juntos como hermanos, amigos y conciudadanos, so pena a los contraventores de ser castigados como infractores de la paz y perturbador.

 

Nicole Loraux analiza la prohibición ateniense de recordar las desgracias, que selló en el año 403 A.C. la reconciliación democrática tras la guerra civil y la oligarquía de los Treinta tiranos. “Llamamos a esto amnistía modelo, paradigma de todas aquellas que conocerá la historia occidental”. Esta borradura en un doble sentido, material y metafórico, buscaba expurgar el conflicto de la historia: los atenienses establecían una estrecha relación de equivalencia entre prohibir en la memoria y borrar. Por ello los ciudadanos dan solemne juramento de no recordar los males, relegados ahora al pasado. El olvido tiene así, afirma Loreaux, una cualidad indispensable: la política comienza más allá del conflicto y del terror, solo es posible allí donde cesa la venganza. En la Odisea está presente esta llamada al olvido: olvidar no solo las maldades de los otros sino la propia cólera, para que se restablezca el lazo de la vida en la ciudad. Cuando la memoria en carne viva se convierte en ira – como en Ulises o Electra – resulta el peor enemigo de la política. Por ello “… las ciudades se esfuerzan por acantonar en la esfera de la anti – (o de la ante-) política” a la memoria que arrastra la conflictividad.

Más de dos milenios después de aquella amnistía ateniense, en 1882, Ernst Renán pronunció en la Sorbona la célebre conferencia Que es una Nación. Discutiendo con las posturas de los que enfatizaban el carácter étnico y primordial de las naciones, Renan destacaba su carácter de novedad y constructo, resultado de la mezcla de poblaciones y de los elementos volitivos. De tal modo, la conciencia de un pasado común resulta un elemento indispensable para la constitución de naciones, aunque esta memoria resulta necesariamente selectiva, ya que debía ocluir los elementos disruptivos para resultar eficaz como principio de cohesión: “Porque el elemento esencial de una nación consiste en que todos sus individuos deben tener muchas cosas en común, pero también haber olvidado muchas cosas.Todo ciudadano francés tiene que haber olvidado la noche de San Bartolomé y las masacres que ocurrieron en el Sur en el siglo XIII. No hay diez familias en Francia que puedan probar su origen franco y una tal prueba resultaría deficiente, pues millares de desconocidos y mezclados linajes podrían desorganizar todos los sistemas genealógicos” Así, Renán descubre en el olvido un carácter virtuoso, dado que resulta una condición de posibilidad de la vida nacional.

Contra nuestras intuiciones, el llamado al olvido, o su sanción legal en forma de edicto, decreto o ley de amnistia, se presenta en estos tres casos – como en tantos – a la luz de un propósito virtuoso: comenzar un nuevo ciclo de convivencia, fundar una comunidad política, evitar la reiteración de la lucha y los agravios, impedir la cadena infinita de la venganza, favorecer la reconciliación. Sin embargo, el llamado al olvido, o su sanción bajo la forma de amnistía, no borra el pasado ni lo da por no ocurrido. Por el contrario, exige, impone, decreta la necesidad de no recordar ese pretérito a través de un acto voluntario o forzado, pero que resulta siempre un reconocimiento de su imprescindible relación con la memoria, y del consiguiente carácter selectivo de ambas dimensiones.

En su libro Zajor, (recuerda), el historiador Yosef Yerushalmi se concentra en el examen de la tradición hebrea, recordando que en el Antiguo Testamento no hay usos del olvido, sino terror al olvido: el olvido es siempre negativo, el pecado cardinal del que se derivan todos los demás. “La Biblia hebrea no parece vacilar cuando ordena recordar. Sus mandatos para recordar son incondicionales, e incluso cuando no hay orden de recordar, la memoria es siempre esencial. En conjunto, el verbo zajor aparece en la Biblia, en sus distintas flexiones, no menos de ciento sesenta y nueve veces (…) El verbo se complementa con su opuesto, olvidar. Así como se obliga a Israel a que recuerde, se lo conmina a no olvidar.”

Sin embargo, la conminación a recordar nada tiene que ver con la curiosidad con los elementos fácticos del pasado, sino con su significación, en particular con su conexión con la normativa ético religiosa que se convertía en principio de selección y valoración de lo rememorable.. En la tradición que explora Yerushalmi, los criterios de este movimiento se derivan de la Ley, la Halakha. En consecuencia, la única historia que la memoria retiene es aquella que puede integrarse en el sistema de valores de la Halakha. El resto es “olvidado”. Pero no es esta una peculiaridad judía: todo pueblo tiene un conjunto de creencia y ritos que les da identidad y sentido de destino: del pasado solo se transmiten los episodios que se juzgan ejemplares.

El elemento del olvido, como el de la memoria, aparece por tanto, también aquí como el resultado de un proceso de selección determinado por el sistema de creencias.

Yerushalmi no deja de advertir la problematicidad de la noción de olvido colectivo: “Estrictamente los pueblos y grupos solo pueden olvidar el presente, no el pasado (…) los individuos que componen el grupo pueden olvidar acontecimientos que se produjeron durante su propia existencia, no podrían olvidar un pasado que ha sido anterior a ellos, en el sentido en que el individuo olvida los primeros estadios de su propia vida. Por eso decimos que un pueblo ”recuerda”, en realidad decimos primero que un pasado fue activamente transmitido a las generaciones contemporáneas” a través de los canales y receptáculos de la memoria y que Pierre Nora llama lugares de memoria.

En consecuencia un pueblo “olvida” cuando la generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o cuando este rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo a su vez. Por lo tanto lo que llamamos olvido colectivo aparece cuando un grupo humano no logra – voluntariamente o pasivamente, por rechazo, indiferencia o por causa de una catástrofe – transmitir a la posteridad lo que aprendió del pasado.

Memoria y olvido no resultan así elementos opuestos, sino productos simultáneos de los mismos procesos de selección, jerarquización y transmisión de aspectos, valores, imágenes, mitos, ubicados en el pasado. En palabras de Marc Augé, “Los recuerdos son moldeados por el olvido como el mar moldea los contornos de la orilla”

Pero si el olvido no es lo opuesto de la memoria, cual es su antónimo? En un pasaje celebre Yerushalmi formula una pregunta altamente instigante: “¿Es posible que el antónimo del olvido no sea la memoria sino la justicia?”

Esta es en efecto, la ecuación que, sobre todo en relación a los crímenes masivos desarrollados en el siglo XX, ha predominado: El olvido implica en este sentido la falta de reparación ante los crímenes cometidos, la consagración de la injusticia, la continuidad de la impunidad, el quiebre de nuestras obligaciones hacia los asesinados, los torturados, los desaparecidos. Esta es la connotación que sostiene las ideas del “deber de memoria”, de la obligación del sobreviviente de dar testimonio, de lemas como “ni olvido ni perdón”. Esta es la línea interpretativa que propone Eduardo Rabossi en su prólogo de 1989 a Usos del olvido, al señalar que en la Argentina la tesis que primó con el advenimiento de la democracia fue “la de la memoria como reverso moralmente virtuoso y políticamente valioso del olvido”, ya que es imposible sostener que el olvido “va a asegurar la salud de los individuos y la nación”

Existe otra connotación del olvido a la que quiero referir aquí antes de ingresar en un conjunto de experiencias históricas de usos del olvido que consideraré. Me refiero al olvido por saturación. Como es bien sabido, en 1874 Friedrich Nietzsche proclamaba en sus Consideraciones intempestivas que todos sufrimos de una fiebre histórica devoradora, que implicaba la imposibilidad de vivir sin olvidar. Por ello, y dado que el sentido no histórico y el sentido histórico resultaban igualmente necesarios para la salud de un individuo, de una nación o de una civilización, postulaba la necesidad de saber olvidar voluntariamente, así como recordamos adrede, como un requisito para evitar que el peso del pasado destruya la vitalidad de una cultura e inhiba a la vida para la acción. Probablemente en un sentido algo similar pensaría Carlos Marx, cuando al iniciar El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte afirmaba que “La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”, para concluir que “La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido”

Nuestras sociedades de fines del siglo XX y comienzos del XXI han hecho un culto de la memoria de sus muertos, de sus mártires, de sus víctimas. Orientadas en este aspecto hacia el pasado – quizás como resultado de la pérdida en la confianza de dominar los modos en que conducirlas hacia futuros deseables – proliferan las instituciones de la memoria: los museos, los archivos específicos, los monumentos, los ritos conmemorativos, las efemérides, y la industria cultural representa de mil modos los pasados más trágicos.

La valoración de esta “cultura de la memoria” convive con las llamadas de atención y las críticas: una memoria banalizada, mercantilizada, reificada, un objeto estetizado y rentable, un abuso de la memoria que inhibe toda mirada crítica, una “memoria saturada” que por exceso representa una de las formas del olvido.

Paul Ricouer ha propuesto una clasificación que distingue dos grandes figura del olvido profundo. Una de ellas es el olvido por destrucción – voluntaria o no – de huellas, sean estas de tipo documental, cortical o afectivo. La segunda es la que llama olvido de reserva, y abarca el olvido como memoria manipulada o como memoria impedida en el sentido freudiano.

Abordemos en primer lugar esta idea. Desde comienzos del siglo XX, y en una trayectoria que reconoce en Psicopatologia de la vida cotidiana (1901) su primer eslabón, Sigmund Freud postulaba que, lejos de resultar un déficit o una falla, el olvido constituía una dimensión constitutiva ineludible de la vida psíquica, producto de operaciones de censura y represión y resultado de los tamices inconscientes de los individuos. Lejos de resultar una dimensión deficitaria o negativa, el olvido aparece desde entonces como un elemento imprescindible para la estructuración individual, como parte de unos mecanismos inconscientes imprescindibles. El olvido aparece entonces como un elemento estructuralmente necesario de nuestra propia conformación subjetiva.

Sigo aquí la reflexión de Regine Robin.18 En Duelo y Melancolía Freud evoca las distintas reacciones que puede tener una persona frente a la pérdida de un ser querido. Puede ocurrir que el duelo no se haga, y la persona entre en una fase de melancolía y depresión, aunque en la mayor parte de los casos ese trabajo se lleva a cabo: pese a las rebeliones del individuo que no quiere abandonar al ser querido perdido, el principio de realidad se impone: el ser querido ya no está. En el duelo, el mundo parece pobre y vacío, en la melancolía, es el mismo yo el que es atacado. El análisis freudiano del par duelo//melancolía se articula con la reflexión acerca de la repetición por oposición al recuerdo: dado que el pasado no puede ser recordado debido a que el recuerdo fue reprimido, ese pasado se manifiesta como acto. La compulsión a la repetición es por lo tanto la manera específica de recordar inconscientemente, sin saber que elementos del pasado son los que están en juego. Se requiere tiempo y trabajo analítico para que el sujeto conozca las resistencias que le impiden reelaborar ese pasado.

¿Qué ocurre cuando empleamos, siquiera como metáforas, las categorías freudianas para pensar procesos sociales traumáticos? Este es el caso del libro que probablemente haya fundado los estudios sobre la historia de la memoria: El síndrome de Vichy, de Henry Rousso. Al preguntarse por las dificultades de la sociedad francesa para confrontar el período de la república de Vichy, extremadamente complejo por la superposición de la segunda guerra, los enfrentamientos civiles y las purgas que lo sucedieron, y sostener como hipótesis que el carácter de Guerra Civil juega un rol central en las dificultades para lidiar con aquel pasado, Rousso postula un esquema de cuatro fases, cuya nominación deriva de la terminología freudiana.

Así, la primera etapa desarrollada entre 1944 y 1954 es caracterizada como la fase de duelo, en la que resulta hegemónica una memoria gaullista en la que la resistencia de todos los franceses resulta omnipresente, y Vichy aparece como un paréntesis en la historia de una Francia eterna que nunca dejó de combatir. Una segunda etapa está enmarcada entre la derrota de Dien Bien Phu en 1954 - que pone en cuestión la grandeza de Francia y el año 1971 con la difusión de la película de Michel Ophuls “La pena y la piedad”, que pone de manifiesto el colaboracionismo francés durante Vichy. Esta fase es denominada como la de la memoria reprimida, sucedida por un tercer período del “espejo roto” o retorno de lo reprimido, en el que el mito de la resistencia estalla en mil pedazos, y que se extiende hasta 1974. Desde entonces, afirma Rousso, Francia vive un período de obsesión, en el que gana lugar el debate sobre la ocupación y logra hacerse escuchar la memoria judía de las deportaciones. Al respecto afirma Robin, citando a Ricouer que narrar un drama es olvidar otro, y lo que se había “olvidado” en el primer momento era simplemente el exterminio.

Cito ahora textualmente a Regine Robin: “¿Realmente nos enfrentamos con la “represión” o, como lo evocaba Benjamin Stora a propósito de la guerra de Argelia, con una puesta en escena de la represión en función de las coyunturas y los reacondicionamientos de los grandes relatos del pasado, o de la fragmentación de los relatos, de sus descomposiciones, reacondicionamientos de configuraciones y reconfiguraciones narrativas? Siempre hay desplazamientos, deslizamientos, sustituciones, invención de nuevos mitos. Pero ¿es totalmente inconsciente?. Los historiadores, al utilizar el concepto de manera metafórica (Henry Rousso no lo niega) hacen pensar que los pueblos no tienen ninguna responsabilidad en el hecho de “reprimir”, de olvidar en el momento oportuno lo que molesta. Se busca entonces lo que sería en lo social el equivalente a la reelaboración y el trabajo del duelo”. La operación es mas compleja en tanto la historia y el psicoanálisis no tienen la misma concepción del tiempo: Para el psicoanálisis el olvido es activo, retorna, hasta puede gobernar el presente. Para la historiografía, existe un corte entre pasado y presente “Ocurre que no es posible captar el trabajo memorial sin esos hojaldres del tiempo, eso “olvidos” eficaces que permanecen agazapados”.

Si la consideración por lo tanto de la memoria impedida en un sentido freudiano resulta sumamente compleja por los motivos señalados - a los que se podría agregar la dificultad de suponer la existencia de un trauma colectivo que afecta por igual a toda una sociedad - la idea de Ricouer de memoria manipulada se presentan con mayor claridad, dado el carácter intencional que supone este concepto.

Es esta dimensión manipulatoria a la vez un abuso de la memoria y del olvido, considerando que – sostiene Ricouer - antes del abuso hay un uso, dado el carácter ineludiblemente selectivo del relato y el carácter performativamente imposible de un relato exhaustivo. De tal modo, la manipulación de la memoria encuentra su base en los recursos de variación que ofrece el trabajo de configuración narrativa: “Las estrategias del olvido se injertan directamente en este trabajo de configuración: siempre se puede narrar de otro modo, suprimiendo, desplazando los momentos de énfasis, refigurando de modo diferente a los protagonistas de la acción al mismo tiempo que los contornos de la misma.”

El respaldo del poder y el consenso o la pasividad social son determinantes para la configuración de formas de olvido social basados en la manipulación consciente del pasado: El recurso al relato se convierte así en trampa cuando poderes superiores toman la dirección de la configuración de esta trama e imponen un relato canónico mediante la intimidación o la seducción, el miedo o el halago. “Se utiliza aquí una forma ladina de olvido, que consiste en desposeer a los actores sociales de su poder originario de narrarse a si mismos. Pero este desposeimiento va acompañado de una complicidad secreta, que hace del olvido un comportamiento semipasivo y semiactivo, como sucede en el olvido de elusión, expresión de la mala fe, y su estrategia de evasión y esquivez motivada por la oscura voluntad de no informarse, de no investigar sobre el mal cometido por el entorno del ciudadano, en una palabra, por un querer-no-saber. Europa Occidental y el resto de Europa dieron el penoso espectáculo de esta terca voluntad, después de los plúmbeos años de mediados del siglo XX.”

 

Los ejemplos se pueden multiplicar al infinito. Consideremos brevemente el caso alemán.Tras el hundimiento del nazismo, la sociedad alemana reprimió el recuerdo de los aspectos consensuales del régimen y concentró en éste las responsabilidades criminales, en el marco del realineamiento alemán en la guerra fría, que tornaba el escenario poco propicio para la reflexión sobre aquel pasado. Nadie recordaba haber sido nazi, nadie de haber sostenido con entusiasmo al régimen de Hitler, nadie – contra toda evidencia – reconocía haber sabido nada del exterminio de los judíos, ni del trabajo esclavo, ni de haberse beneficiado con el nazismo. Había motivos para decidir no recordar: eran centenares de miles los directamente implicados en las prácticas criminales del nazismo, y millones los que lo sustentaron. Más de 300.000 alemanes habían sido arrestados al finalizar la guerra por pertenecer a la Gestapo, la SS o la dirección del NSDAP, partido que tenía más de ocho millones de afiliados. El reconocimiento de su papel en el pasado inmediato podía hacerlos enfrentar un juicio penal.

En el propio año 1945, Karl Jaspers publicó su célebre texto acerca de la culpabilidad alemana, en la que distinguía entre una culpabilidad criminal, una culpabilidad política y una culpabilidad moral. Mientras la primera no ofrece mayores problemas, las segundas implican el problema de la responsabilidad por lo que la sociedad promovió activamente e incluso por lo que fue incapaz de evitar. La publicación de su ensayo provocó que Jaspers fuera a la vez ser tildado de americanista por la izquierda y de antialemán por los conservadores. Después de 1945 la mayoría de los alemanes se esforzó por olvidar el pasado nazi y los terribles crímenes de un régimen que había contado con el apoyo de al menos un sector de la población. Pretendiendo no haber estado al tanto de los crímenes nazis, evitaron preguntarse por el problema de la culpabilidad. Considerándose a sí mismos como víctimas, se concentraron en el recuerdo de sus propios sufrimientos – los bombardeos, el hambre, el éxodo – y prefirieron ignorar los que el nazismo infligió a otros. El aislamiento de Jaspers fue tal que decidió abandonar Alemania para radicarse en Basilea. Simultáneamente, los exiliados antifascistas que regresaban a Alemania eran mirados con sospecha y desconfianza. La voluntad de no recordar duró demasiado tiempo. El juicio a Eichmann en Jerusalén y el juicio a los guardias de Auschwitz de 1963 serán jalones determinantes en ese proceso, que comenzó a completarse cuando la generación de 1968, como parte de su cuestionamiento al orden social, no dejó de poner en tela de juicio la conducta de sus antecesores en los años del nazismo, y alcanzó su coronación simbólica cuando el Canciller Willy Brandt se arrodilló frente al monumento del Gheto de Varsovia en 1970.

Tampoco la República Democrática Alemana (RDA) escapó en los años de la posguerra, y casi hasta el final del régimen, a las políticas del olvido. Al calor de la guerra fría, la memoria oficial de la RDA se apropió de la tradición antifascista, a la que incorporó a unos usos que reforzaban la tradición antiliberal y nacionalista alemana, marginalizando el recuerdo de la Shoa mientras la pretendida lucha contra el “cosmopolitismo” encubría el renacimiento del antisemitismo de los regímenes stalinistas.

Más cerca en el tiempo, el fin de los sistemas políticos comunistas del este europeo fue acompañado por una verdadera explosión memorial: memorias colectivas antes reprimidas y constreñidas al silencio se reapropiaron del espacio público, mientras que la memoria comunista oficial, privada de sus sostenes institucionales, se borraba. El pasado reciente fue reinterpretado de acuerdo con nuevos criterios y en función de nuevas exigencias políticas e identitarias: la historia de los sufrimientos infligidos a la nación por el régimen comunista constituye el esquema de interpretación dominante. El paradigma antifascista, que estaba en el centro de la memoria y de la historia oficiales comunistas, fue reemplazado por el paradigma anticomunista: el comunismo es presentado, en lo sucesivo, casi exclusivamente como un régimen de terror y de violencia comparable al régimen nazi, impuesto por la Unión Soviética y que se habría mantenido en el poder solo por la fuerza y la violencia. Así es, atribuido a causas y circunstancias exteriores sobre las cuales las sociedades involucradas no tenían influencia. Aparece como una especie de catástrofe natural que se habría abatido sobre la nación. Las políticas de la memoria implementadas en esos países están fuertemente marcadas por una visión nacionalista de la historia, de la que proponen una lectura muy selectiva, que oculta los aspectos no conformes a la imagen que quieren transmitir. En ocasiones, estas no dudan en rehabilitar, en nombre de la lucha contra el comunismo, a figuras que no podrán en ningún caso considerarse democráticas. En Rumania se erigieron monumentos a la memoria del mariscal Antonescu, que estuvo involucrado, entre otros crímenes, en el exterminio de los judíos rumanos. En Estonia, a los voluntarios de esa nacionalidad que formaron parte de las SS se los conmemora como a luchadores por la libertad.

No podemos olvidar, por cierto, aquellos casos en que la negación del pasado involucra a un estado nacional en relación a un colectivo que les resulta ajeno, sosteniendo lisa y llanamente la inexistencia de los actos de extrema violencia denunciados por ese colectivo. Aunque han transcurrido exactamente 100 años, el Estado Turco continúa negando de manera ininterrumpida la existencia misma de un genocidio contra el pueblo Armenio, y en la sociedad turca apenas comienza en nuestros días un debate al respecto. El 17 de octubre de 1961 una manifestación de la Federación Francesa del FLN para protestar contra el toque de queda sufrió una violentísima represión, con decenas de miles de detenidos y al menos cien argelinos asesinados, cuyos cadáveres fueron arrojados al Sena. El cruel acontecimiento permaneció en el olvido hasta 1999 cuando el estado Frances reconoció la terrible masacre. Ese fue también el año en que el estado francés admitió que los brutales acontecimientos desarrollados en el territorio de Argelia desde la década de 1950 no habían sido “operaciones de mantenimiento del orden” sino una guerra.

Presentemos brevemente, por último, un caso latinoamericano. Al analizar a fines de la década de 1990 la transición chilena, sostenía Tomás Moulian que una de las características de su presente era la “compulsión al olvido”, manifiesta en la imposibilidad de hallar un modo en común para nombrar los eventos de la década de 1970 y 1980.29 Para las víctimas del pinochetismo el olvido era vivido como un remanso tras largos años de tensión, para los que apoyaron al régimen pero ingresaron a carreras políticas en democracia, se trata de un olvido de la connivencia o de la participación. Pero más allá de ambos, Moulian destaca el rol del olvido estratégico, pactado, como un resultado de la razón de estado. En sus palabras: “La llamada transición ha operado como un sistema de trueques: la estabilidad, se dijo, tiene que ser comprada con el silencio. Pero creo que se trató de una trampa de la astucia (…) Pienso que el sentimiento de miedo existió, efectivamente, en la masa, en los ciudadanos comunes. Pero la élite decisora actuó inspirada por otra estrategia, la del “blanqueo” de Chile”. Se trataba de una estrategia que tomaba al miedo como justificación, pero que en realidad buscaba “… resituar a Chile, construirlo como país confiable y válido, el Modelo, la Transición Perfecta. Para ello era necesaria la cirugía plástica, la operación transexual que convirtió al Dictador en el Patriarca.”, concediéndole así a Pinochet no solo la impunidad sino también la majestad.31 De este modo Chile renunció a examinar su pasado no sólo en nombre de los valores de una democracia que no se concibe sino atada al libre mercado, sino por la convicción de las élites de que se debía renunciar al pasado en nombre del futuro. De este modo, “el consenso es la etapa superior del olvido”.

Volvamos a la propuesta de Ricouer, y retomemos el olvido por destrucción de huellas. Una vez más aparece aquí la faz más siniestra de las masacres del siglo XX, desde el nazismo en retirada volando las cámaras de gas y los crematorios hasta la política argentina de desapariciones, en la que el ocultamiento primero de los prisioneros en centros clandestinos de detención o luego de los cuerpos – arrojados al mar o inhumados clandestinamente – pretendía borrar toda huella del crimen, y con ello, arrojarlos al olvido para siempre. Esa era la intención explícitamente formulada por Himmler en su discurso de Poznan del 4 de octubre de 1943, cuando al referirse al exterminio del pueblo judío decía “Ésa es una página de gloria en nuestra historia que nunca se ha escrito y que nunca se escribirá…”

Considero que hay aun dos formas excepcionales de olvido que vale la pena reseñar aquí. La primera está referida al caso español, en el que las demandas de olvido y amnistía provinieron no de los vencedores sino de los derrotados. La segunda a aquellos grupos que por su relativa debilidad, no lograron imponer en el espacio público una política de memoria sobre sus padecimientos.

Desde la transición a la democracia hasta fecha muy reciente, no se fomentó ninguna política sobre los lugares de memoria por parte de las instituciones centrales del Estado, y todo lo referente al cambio de nominación de calles, y construcción de monumentos y museos fue dejado en manos de los ayuntamientos y comunidades autónomas. Producto de ello, persisten hasta hoy en distintas ciudades una gran cantidad de símbolos del franquismo. Solo en fecha muy reciente, ya en el siglo XXI, se desarrollaron acciones parlamentarias dedicadas a condenar la dictadura y revisar algunos de sus efectos. La más relevante de ellas es la conocida como Ley de Memoria Histórica del 26 de diciembre de 2007, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Por motivos opuestos, la ley no contó con el apoyo del Partido Popular ni Esquerra Republicana de Cataluña. La sanción de esta ley implicó una ruptura fundamental respecto al acuerdo implícito de “echar al olvido” el pasado de guerra y dictadura formulado durante la transición. Echar al olvido no significó olvidar, sino evitar el uso en el debate político de la naciente democracia de recriminaciones y atribuciones de responsabilidad que imposibilitaran el diálogo. En efecto, durante la transición se adoptaron lo que Stephen Holmes ha llamado reglas mordaza estabilizadoras de la democracia, de manera que “sujetando nuestra lengua en situaciones delicadas podemos asegurarnos unas formas de cooperación y compañerismo que de otra forma serían inalcanzables. Las consecuencias de esta estrategia resultaron múltiples, pero entre ellas dos son de fundamental importancia. Por un lado, la supuesta neutralidad del silencio benefició a la derecha, mucho menos interesada en hurgar en el pasado que la izquierda. Por otro, no abrir las heridas del pasado supuso una renuncia explícita a hacer de la memoria de la dictadura el fundamento de la naciente democracia, produciéndose en nombre de la utilidad política un daño innegable a la verdad y la justicia. Como resumió Saz “El recuerdo de un mal – la guerra civil – había marcado los límites por donde debía transitar la transición, pero (…) era el recuerdo de otro mal el que se eclipsaba. La democracia española nacía curada de memoria – de la guerra civil – pero ‘enferma’ de olvido del franquismo”.

Tres conjuntos de explicaciones explican las políticas de “olvido” desarrolladas durante la transición. Todas parten de la evidencia de que, a diferencia de otros regímenes dictatoriales europeos, el franquismo no fue derrotado militarmente, ni por la fuerza de la oposición política antidictatorial. Unas enfatizan el carácter estratégico de las mismas: se trataba de desactivar las amenazas provenientes de la extrema derecha y el ejército a la naciente democracia. Esta habría sido la raíz de la doble amnistía de 1976 y 1977. 37 El diario El País, por entonces vocero de la oposición democrática antifranquista señalaba en relación a la ley de amnistía de octubre de 1977 que “La España democrática debe, desde ahora, mirar hacia adelante, olvidar las responsabilidades del pasado y los hechos de la guerra civil, hacer abstracción de los cuarenta años de dictadura”.

Otro conjunto de explicaciones se vincula con las anteriores, pero enfatizando en los efectos del pasado traumático sobre aquel presente. La larga sombra de la sangre derramada durante la Guerra Civil y la dictadura promovieron una voluntad generalizada de no repetir dicha experiencia bajo ninguna circunstancia.

Una tercera perspectiva, en algún punto discordante con las anteriores, señala la existencia de una gran cantidad de precedentes que explicarían las decisiones tomadas durante la transición. Santos Juliá ha rechazado la crítica de las nuevas generaciones que, al rehabilitar a sus abuelos asesinados, arrojan una sospecha sobre la generación de sus padres, a los que acusan de haber optado por la amnesia y la desmemoria en lugar de enfrentarse abiertamente al pasado. Esta acusación sostiene que los españoles de 1977, atemorizados, no se atrevieron a mirar atrás, y guardaron silencio. “Gracias a ese supuesto pacto de silencio, el franquismo habría podido sobrevivir a la muerte de su fundador, los españoles habrían vivido sometidos a una ´tiranía de silencio´ (…) y el sistema político en construcción por aquellos años no sería más que la continuación de lo mismo por distintos medios” . En su óptica, estos juicios se basan en la falsa identificación entre amnistía y amnesia. Por el contrario, Juliá propone un recorrido por la historia de las representaciones de la guerra para comprender la génesis de la tensión entre memoria y olvido que explicaría las políticas de la transición. Frente a las políticas de venganza y exterminio desplegadas durante y tras la guerra civil, resultaron escasas las voces, todas ellas del lado de la República, que definieron la guerra como una catástrofe nacional o como una guerra fratricida, y rechazados por el franquismo todos los intentos por alcanzar alguna negociación. De hecho, cuando el propio Cardenal Gomá afirmó en 1939 que había llegado la hora de “perdonar y amar a los que han sido nuestros enemigos”, el gobierno le prohibió propagar sus recomendaciones. Por el contrario, el régimen de Franco siempre empleó el recuerdo de la victoria en la guerra como fuente de su legitimación. Esta memoria de la guerra sostenida por el Estado y la Iglesia, y se difundió en los años de la dictadura a través de ritos, celebraciones y agobiantes formulas de adoctrinamiento.

Con la llegada a la vida pública de una nueva generación, la contienda civil comenzó a ser definida como una “guerra fratricida”. Con el resurgir de la militancia estudiantil en 1956, antiguos falangistas actuaron junto a nuevos comunistas “una novedad que derribaba barreras y mezclaba los campos divididos por la guerra civil”. En la nueva oposición al régimen no importo el campo en que hubieran militado ellos mismos o sus padres en la Guerra Civil. La Agrupación Socialista Universitaria se presentó el 1 de abril de 1956 con un manifiesto que decía “nosotros, hijos de los vencedores y los vencidos” [deseamos] “reconciliarnos con España y con nosotros mismos”.

El nuevo relato de estos jóvenes exentos de responsabilidad en la guerra, la definía como una tragedia inútil, y las llamadas a la reconciliación se multiplicaron. Esta tendencia abarcó también a sectores relativamente amplios del mundo católico, aunque hasta 1971 la Iglesia española no se enfrentó de forma oficial al debate sobre su papel en la guerra civil.

De modo que las exigencias de reconciliación procedieron de los derrotados. Guerra fratricida, amnistía y reconciliación estaban íntimamente entrelazadas: había que olvidar la guerra entre hermanos para fundar otro Estado. La política de olvido como base de una amnistía general se formuló varias décadas antes de la transición y no implicó borramiento de la memoria. ”Desde 1937 el presidente de la República y entre pequeños grupos de exiliados, desde 1944 en grupos de la oposición interior, desde 1948 en monárquicos y socialistas, desde 1956 en la nueva generación nacida durante la República y la guerra, desde 1962 entre los reunidos de Munich y en el nuevo movimiento obrero, la amnistía de una amnistía general como umbral a la democracia jamás tuvo que ver con una general amnesia. Por el contrario, cada vez que se hablaba de amnistía se recordaba necesariamente la guerra (…) Solo la guerra daba sentido a la amnistía, sólo el recuerdo podía llenar de contenido político la decisión de olvido”. La radical novedad de la transición fue que la decisión de olvido se extendió desde las fuerzas antifranquistas hasta abarcar a los herederos directos del franquismo.

Si la memoria de la guerra y el franquismo tuvieron un uso escaso en el debate político, la historiografía no ha dejado de prestarle atención. Se han publicado más de veinte mil libros sobre la Guerra Civil y los estudios sobre la dictadura se cuentan por miles. En las últimas décadas la disciplina histórica ha contribuido enormemente a conocer los mecanismos represivos del franquismo y a establecer el escalofriante número de sus víctimas más directas: 150.000 asesinados, 400.000 personas aprisionadas en campos de concentración y 270.000 encarcelados, sobre una población total de unos 26 millones de habitantes.

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A estas investigaciones se sumaron innumerables artículos periodísticos, publicaciones de memorias, obras literarias y cinematográficas, y otras formas de expresión. Sin embargo, estos caminos no encontraron vinculación alguna con la acción política ni la exigencia de reparaciones, hasta el año 2000, cuando surgió la Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica, que recabó apoyos para la exhumación de fosas comunes de la Guerra Civil. A fines del siglo XX, el discurso de la memoria se multiplicó en España, e impactó sobre el ámbito político institucional. La idea de que existían culpas compartidas fue puesta en cuestión no solo por los nietos de los que sufrieron la represión, para quienes equiparar a víctimas y verdugos era intolerable, sino también por la mayoría de los partidos políticos, que en 1999 aprobaron por primera vez una resolución parlamentaria condenando “el levantamiento militar contra la legalidad constituida”. Frente a ello, fue el Partido Popular el único que mantuvo la interpretación de la guerra como un enfrentamiento fratricida.

La otra forma de olvido a la que quiero referirme tiene que ver, como señale, con su posición subalterna o invisible, que condena su voz a una audibilidad casi imperceptible, en definitiva, una de las formas del olvido. .Pensemos en el caso de las victimas homosexuales del Tercer Reich. Solo a comienzos del siglo XXI se construyó en Berlín un Memorial de las víctimas homosexuales de la dictadura nazi, como resultado del auspicio de la fracción verde del Bundestag. Muy pocos son los sobrevivientes de las 50.000 personas condenadas a prisión bajo el nazismo por violación del artículo 175 del Código Penal, que definía las relaciones homosexuales como un delito, mientras otros 5000 fueron internados en campos para ser reeducados a través del trabajo forzado y otras fueron sometidas a experimentos médicos. La estigmatización social de la homosexualidad continuó por décadas (el delito de homosexualidad no fue abolido sino en 1969) lo que motivo que muchos homosexuales ocultaran su condición a través de casamientos ficticios u otras estrategias, o bien emigraran. A este “olvido” contribuyeron de modo voluntario o involuntario los parientes o descendientes de las víctimas, que pudiendo haber exigido compensaciones al Estado, prefirieron no hacerlo para no exponer la vida privada de sus parientes.

También aquí los ejemplos podrían expandirse por miles: es necesario recordar las polémicas desatadas en EEUU con la construcción de un Museo del Holocausto que, aunque bienvenido, dejaba más que nunca de manifiesto la inexistencia de un Museo de la Esclavitud, o uno que diera cuenta del destino trágico de los pueblos originarios americanos? Es preciso señalar la casi ínfima presencia de las memorias campesinas, indígenas, migrantes, en las políticas públicas de nuestros países latinoamericanos?

Como hemos visto, el despliegue de las políticas del olvido resulta tan amplio en variedad como las de las políticas de memoria, y dependen no solo de la voluntad estatal sino de la aceptación o acompañamiento social, sea por acuerdo, complicidad, acatamiento o impotencia. En la era de la memoria es fundamental comprender que el olvido no resulta una dimensión independiente, sino el resultado de un proceso deliberado de selección, justificación, construcción, puesta en narración. Por ello, las políticas de memoria y de olvido son el resultado de las luchas políticas de nuestro presente, de nuestro balance de poder, de las circunstancias de nuestra cultura. Quizás como nunca antes en nuestras historias latinoamericanas podemos aspirar en este comienzo de siglo a que, por un lado, los grupos más relegados puedan por fin hacer presente su voz, la narración de su historia y de sus demandas en las esferas públicas de nuestros países, y a que por otro, el antónimo del olvido sea esta vez si, la justicia.


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