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👨💻 POLÍTICAS DEL OLVIDO | Oblivion Politics | Transcripción
| Pedro Sánchez (Presidente español): “La España actual es fruto del perdón, pero no puede ser producto del olvido” El presidente en funciones ha destacado cómo "el mausoleo" del Valle de los Caídos "era más que un anacronismo y una anomalía: un agravio a la democracia española". "Ponerle fin era un deber para las generaciones que no crecimos bajo el trauma de la Guerra Civil y el franquismo. Hoy rendimos un tributo a todas las generaciones pasadas. Y con el pensamiento puesto en las generaciones futuras proclamamos que la enseña de la democracia y la convivencia ondeará siempre en nuestra patria" | Madrid. 24 oct 2019 | Image Credits: https://elpais.com/
En este artículo realizamos un recorrido conceptual por los
diversos sentidos de la noción de olvido y su vinculación con la
vida política y las demandas de justicia, y presentamos distintos
casos de procesos de olvido en las experiencias europeas y
latinoamericanas.
Palabras-clave: olvido; memoria política
En abril de 1598, el Rey Enrique IV de Francia emitió el
edicto de Nantes, un decreto que autorizaba la libertad de conciencia
y la libertad de culto para los calvinistas. La promulgación de este
edicto puso fin a las Guerras de Religión que habían desgarrado a
Francia en el siglo XVI, y cuyo punto culminante fue la Matanza de
San Bartolomé, de 1572, en la que fueron asesinados miles de
hugonotes en Paris y otras regiones del reino. El primer artículo es un
artículo de amnistía que ponía fin a la guerra civil:
Que la memoria de todos los acontecimientos ocurridos entre unos y otros tras el comienzo del mes de marzo de
1585 y durante los convulsos precedentes de los mismos,
hasta nuestro advenimiento a la corona, queden
disipados y asumidos como cosa no sucedida. No será
posible ni estará permitido a nuestros procuradores
generales, ni a ninguna otra persona pública o privada,
en ningún tiempo, ni lugar, ni ocasión, sea esta la que
sea, el hacer mención de ello, ni procesar o perseguir en
ninguna corte o jurisdicción a nadie.
Articulo a: Prohibimos a todos nuestros súbditos de
cualquier estado y calidad que sean que renueven la
memoria, ataquen, resientan, injurien ni provoquen uno
a otro por reproche de lo que ocurrió por cualquier
causa y pretexto que sea, disputen, impugnen querellen
ni ultrajen u ofendan de hecho o de palabra, sino que se
contengan y vivan apaciblemente juntos como hermanos,
amigos y conciudadanos, so pena a los contraventores de
ser castigados como infractores de la paz y
perturbador.
Nicole Loraux analiza la prohibición ateniense de recordar
las desgracias, que selló en el año 403 A.C. la reconciliación
democrática tras la guerra civil y la oligarquía de los Treinta tiranos.
“Llamamos a esto amnistía modelo, paradigma de todas aquellas que
conocerá la historia occidental”. Esta borradura en un doble sentido,
material y metafórico, buscaba expurgar el conflicto de la historia: los
atenienses establecían una estrecha relación de equivalencia entre
prohibir en la memoria y borrar. Por ello los ciudadanos dan solemne
juramento de no recordar los males, relegados ahora al pasado. El
olvido tiene así, afirma Loreaux, una cualidad indispensable: la
política comienza más allá del conflicto y del terror, solo es posible
allí donde cesa la venganza. En la Odisea está presente esta llamada
al olvido: olvidar no solo las maldades de los otros sino la propia
cólera, para que se restablezca el lazo de la vida en la ciudad. Cuando
la memoria en carne viva se convierte en ira – como en Ulises o
Electra – resulta el peor enemigo de la política. Por ello “… las
ciudades se esfuerzan por acantonar en la esfera de la anti – (o de la
ante-) política” a la memoria que arrastra la conflictividad.
Más de dos milenios después de aquella amnistía ateniense,
en 1882, Ernst Renán pronunció en la Sorbona la célebre conferencia
Que es una Nación. Discutiendo con las posturas de los que
enfatizaban el carácter étnico y primordial de las naciones, Renan
destacaba su carácter de novedad y constructo, resultado de la mezcla
de poblaciones y de los elementos volitivos. De tal modo, la
conciencia de un pasado común resulta un elemento indispensable
para la constitución de naciones, aunque esta memoria resulta
necesariamente selectiva, ya que debía ocluir los elementos
disruptivos para resultar eficaz como principio de cohesión: “Porque
el elemento esencial de una nación consiste en que todos sus
individuos deben tener muchas cosas en común, pero también haber
olvidado muchas cosas.Todo ciudadano francés tiene que haber
olvidado la noche de San Bartolomé y las masacres que ocurrieron en
el Sur en el siglo XIII. No hay diez familias en Francia que puedan
probar su origen franco y una tal prueba resultaría deficiente, pues
millares de desconocidos y mezclados linajes podrían desorganizar
todos los sistemas genealógicos” Así, Renán descubre en el olvido
un carácter virtuoso, dado que resulta una condición de posibilidad de
la vida nacional.
Contra nuestras intuiciones, el llamado al olvido, o su
sanción legal en forma de edicto, decreto o ley de amnistia, se
presenta en estos tres casos – como en tantos – a la luz de un
propósito virtuoso: comenzar un nuevo ciclo de convivencia, fundar
una comunidad política, evitar la reiteración de la lucha y los
agravios, impedir la cadena infinita de la venganza, favorecer la
reconciliación. Sin embargo, el llamado al olvido, o su sanción bajo la
forma de amnistía, no borra el pasado ni lo da por no ocurrido. Por el
contrario, exige, impone, decreta la necesidad de no recordar ese
pretérito a través de un acto voluntario o forzado, pero que resulta
siempre un reconocimiento de su imprescindible relación con la
memoria, y del consiguiente carácter selectivo de ambas dimensiones.
En su libro Zajor, (recuerda), el historiador Yosef
Yerushalmi se concentra en el examen de la tradición hebrea,
recordando que en el Antiguo Testamento no hay usos del olvido,
sino terror al olvido: el olvido es siempre negativo, el pecado cardinal
del que se derivan todos los demás. “La Biblia hebrea no parece
vacilar cuando ordena recordar. Sus mandatos para recordar son
incondicionales, e incluso cuando no hay orden de recordar, la
memoria es siempre esencial. En conjunto, el verbo zajor aparece en
la Biblia, en sus distintas flexiones, no menos de ciento sesenta y
nueve veces (…) El verbo se complementa con su opuesto, olvidar.
Así como se obliga a Israel a que recuerde, se lo conmina a no
olvidar.”
Sin embargo, la conminación a recordar nada tiene que ver
con la curiosidad con los elementos fácticos del pasado, sino con su
significación, en particular con su conexión con la normativa ético
religiosa que se convertía en principio de selección y valoración de lo
rememorable.. En la tradición que explora Yerushalmi, los criterios
de este movimiento se derivan de la Ley, la Halakha. En
consecuencia, la única historia que la memoria retiene es aquella que
puede integrarse en el sistema de valores de la Halakha. El resto es
“olvidado”. Pero no es esta una peculiaridad judía: todo pueblo tiene
un conjunto de creencia y ritos que les da identidad y sentido de
destino: del pasado solo se transmiten los episodios que se juzgan
ejemplares.
El elemento del olvido, como el de la memoria, aparece por
tanto, también aquí como el resultado de un proceso de selección
determinado por el sistema de creencias.
Yerushalmi no deja de advertir la problematicidad de la
noción de olvido colectivo: “Estrictamente los pueblos y grupos solo
pueden olvidar el presente, no el pasado (…) los individuos que
componen el grupo pueden olvidar acontecimientos que se produjeron
durante su propia existencia, no podrían olvidar un pasado que ha
sido anterior a ellos, en el sentido en que el individuo olvida los
primeros estadios de su propia vida. Por eso decimos que un pueblo
”recuerda”, en realidad decimos primero que un pasado fue
activamente transmitido a las generaciones contemporáneas” a través
de los canales y receptáculos de la memoria y que Pierre Nora llama
lugares de memoria.
En consecuencia un pueblo “olvida” cuando la
generación poseedora del pasado no lo transmite a la siguiente, o
cuando este rechaza lo que recibió o cesa de transmitirlo a su vez. Por
lo tanto lo que llamamos olvido colectivo aparece cuando un grupo
humano no logra – voluntariamente o pasivamente, por rechazo,
indiferencia o por causa de una catástrofe – transmitir a la posteridad
lo que aprendió del pasado.
Memoria y olvido no resultan así elementos opuestos, sino
productos simultáneos de los mismos procesos de selección,
jerarquización y transmisión de aspectos, valores, imágenes, mitos,
ubicados en el pasado. En palabras de Marc Augé, “Los recuerdos son
moldeados por el olvido como el mar moldea los contornos de la
orilla”
Pero si el olvido no es lo opuesto de la memoria, cual es su
antónimo? En un pasaje celebre Yerushalmi formula una pregunta
altamente instigante: “¿Es posible que el antónimo del olvido no sea
la memoria sino la justicia?”
Esta es en efecto, la ecuación que, sobre todo en relación a
los crímenes masivos desarrollados en el siglo XX, ha predominado:
El olvido implica en este sentido la falta de reparación ante los
crímenes cometidos, la consagración de la injusticia, la continuidad
de la impunidad, el quiebre de nuestras obligaciones hacia los
asesinados, los torturados, los desaparecidos. Esta es la connotación
que sostiene las ideas del “deber de memoria”, de la obligación del
sobreviviente de dar testimonio, de lemas como “ni olvido ni perdón”.
Esta es la línea interpretativa que propone Eduardo Rabossi en su
prólogo de 1989 a Usos del olvido, al señalar que en la Argentina la
tesis que primó con el advenimiento de la democracia fue “la de la
memoria como reverso moralmente virtuoso y políticamente valioso
del olvido”, ya que es imposible sostener que el olvido “va a asegurar
la salud de los individuos y la nación”
Existe otra connotación del olvido a la que quiero referir aquí
antes de ingresar en un conjunto de experiencias históricas de usos del
olvido que consideraré. Me refiero al olvido por saturación. Como es
bien sabido, en 1874 Friedrich Nietzsche proclamaba en sus
Consideraciones intempestivas que todos sufrimos de una fiebre
histórica devoradora, que implicaba la imposibilidad de vivir sin
olvidar. Por ello, y dado que el sentido no histórico y el sentido
histórico resultaban igualmente necesarios para la salud de un
individuo, de una nación o de una civilización, postulaba la necesidad
de saber olvidar voluntariamente, así como recordamos adrede, como
un requisito para evitar que el peso del pasado destruya la vitalidad de
una cultura e inhiba a la vida para la acción. Probablemente en un
sentido algo similar pensaría Carlos Marx, cuando al iniciar El
dieciocho Brumario de Luis Bonaparte afirmaba que “La tradición de
todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro
de los vivos”, para concluir que “La revolución social del siglo XIX
no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No
puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda
veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones
necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para
aturdirse acerca de su propio contenido. La revolución del siglo XIX
debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar
conciencia de su propio contenido”
Nuestras sociedades de fines del siglo XX y comienzos del
XXI han hecho un culto de la memoria de sus muertos, de sus
mártires, de sus víctimas. Orientadas en este aspecto hacia el pasado –
quizás como resultado de la pérdida en la confianza de dominar los
modos en que conducirlas hacia futuros deseables – proliferan las
instituciones de la memoria: los museos, los archivos específicos, los
monumentos, los ritos conmemorativos, las efemérides, y la industria
cultural representa de mil modos los pasados más trágicos.
La valoración de esta “cultura de la memoria” convive con las llamadas de atención y las críticas: una memoria banalizada, mercantilizada,
reificada, un objeto estetizado y rentable, un abuso de la memoria
que inhibe toda mirada crítica, una “memoria saturada” que por
exceso representa una de las formas del olvido.
Paul Ricouer ha propuesto una clasificación que distingue
dos grandes figura del olvido profundo. Una de ellas es el olvido por
destrucción – voluntaria o no – de huellas, sean estas de tipo
documental, cortical o afectivo. La segunda es la que llama olvido de
reserva, y abarca el olvido como memoria manipulada o como
memoria impedida en el sentido freudiano.
Abordemos en primer lugar esta idea. Desde comienzos del
siglo XX, y en una trayectoria que reconoce en Psicopatologia de la
vida cotidiana (1901) su primer eslabón, Sigmund Freud postulaba
que, lejos de resultar un déficit o una falla, el olvido constituía una
dimensión constitutiva ineludible de la vida psíquica, producto de
operaciones de censura y represión y resultado de los tamices
inconscientes de los individuos. Lejos de resultar una dimensión
deficitaria o negativa, el olvido aparece desde entonces como un
elemento imprescindible para la estructuración individual, como parte
de unos mecanismos inconscientes imprescindibles. El olvido aparece
entonces como un elemento estructuralmente necesario de nuestra
propia conformación subjetiva.
Sigo aquí la reflexión de Regine Robin.18 En Duelo y
Melancolía Freud evoca las distintas reacciones que puede tener una
persona frente a la pérdida de un ser querido. Puede ocurrir que el
duelo no se haga, y la persona entre en una fase de melancolía y
depresión, aunque en la mayor parte de los casos ese trabajo se lleva a
cabo: pese a las rebeliones del individuo que no quiere abandonar al
ser querido perdido, el principio de realidad se impone: el ser querido
ya no está. En el duelo, el mundo parece pobre y vacío, en la
melancolía, es el mismo yo el que es atacado. El análisis freudiano del
par duelo//melancolía se articula con la reflexión acerca de la
repetición por oposición al recuerdo: dado que el pasado no puede ser
recordado debido a que el recuerdo fue reprimido, ese pasado se
manifiesta como acto. La compulsión a la repetición es por lo tanto la
manera específica de recordar inconscientemente, sin saber que
elementos del pasado son los que están en juego. Se requiere tiempo y
trabajo analítico para que el sujeto conozca las resistencias que le
impiden reelaborar ese pasado.
¿Qué ocurre cuando empleamos, siquiera como metáforas, las
categorías freudianas para pensar procesos sociales traumáticos? Este
es el caso del libro que probablemente haya fundado los estudios
sobre la historia de la memoria: El síndrome de Vichy, de Henry
Rousso. Al preguntarse por las dificultades de la sociedad francesa
para confrontar el período de la república de Vichy, extremadamente
complejo por la superposición de la segunda guerra, los
enfrentamientos civiles y las purgas que lo sucedieron, y sostener
como hipótesis que el carácter de Guerra Civil juega un rol central en
las dificultades para lidiar con aquel pasado, Rousso postula un
esquema de cuatro fases, cuya nominación deriva de la terminología
freudiana.
Así, la primera etapa desarrollada entre 1944 y 1954 es
caracterizada como la fase de duelo, en la que resulta hegemónica una
memoria gaullista en la que la resistencia de todos los franceses
resulta omnipresente, y Vichy aparece como un paréntesis en la
historia de una Francia eterna que nunca dejó de combatir. Una
segunda etapa está enmarcada entre la derrota de Dien Bien Phu en
1954 - que pone en cuestión la grandeza de Francia y el año 1971 con
la difusión de la película de Michel Ophuls “La pena y la piedad”,
que pone de manifiesto el colaboracionismo francés durante Vichy.
Esta fase es denominada como la de la memoria reprimida, sucedida
por un tercer período del “espejo roto” o retorno de lo reprimido, en
el que el mito de la resistencia estalla en mil pedazos, y que se
extiende hasta 1974. Desde entonces, afirma Rousso, Francia vive un
período de obsesión, en el que gana lugar el debate sobre la ocupación
y logra hacerse escuchar la memoria judía de las deportaciones. Al
respecto afirma Robin, citando a Ricouer que narrar un drama es
olvidar otro, y lo que se había “olvidado” en el primer momento era
simplemente el exterminio.
Cito ahora textualmente a Regine Robin: “¿Realmente nos
enfrentamos con la “represión” o, como lo evocaba Benjamin Stora a
propósito de la guerra de Argelia, con una puesta en escena de la
represión en función de las coyunturas y los reacondicionamientos de
los grandes relatos del pasado, o de la fragmentación de los relatos, de
sus descomposiciones, reacondicionamientos de configuraciones y
reconfiguraciones narrativas? Siempre hay desplazamientos,
deslizamientos, sustituciones, invención de nuevos mitos. Pero ¿es
totalmente inconsciente?. Los historiadores, al utilizar el concepto de
manera metafórica (Henry Rousso no lo niega) hacen pensar que los
pueblos no tienen ninguna responsabilidad en el hecho de “reprimir”,
de olvidar en el momento oportuno lo que molesta. Se busca entonces
lo que sería en lo social el equivalente a la reelaboración y el trabajo
del duelo”. La operación es mas compleja en tanto la historia y el
psicoanálisis no tienen la misma concepción del tiempo: Para el
psicoanálisis el olvido es activo, retorna, hasta puede gobernar el
presente. Para la historiografía, existe un corte entre pasado y
presente “Ocurre que no es posible captar el trabajo memorial sin esos
hojaldres del tiempo, eso “olvidos” eficaces que permanecen
agazapados”.
Si la consideración por lo tanto de la memoria impedida en
un sentido freudiano resulta sumamente compleja por los motivos
señalados - a los que se podría agregar la dificultad de suponer la
existencia de un trauma colectivo que afecta por igual a toda una
sociedad - la idea de Ricouer de memoria manipulada se presentan
con mayor claridad, dado el carácter intencional que supone este
concepto.
Es esta dimensión manipulatoria a la vez un abuso de la
memoria y del olvido, considerando que – sostiene Ricouer - antes del
abuso hay un uso, dado el carácter ineludiblemente selectivo del
relato y el carácter performativamente imposible de un relato
exhaustivo. De tal modo, la manipulación de la memoria encuentra su
base en los recursos de variación que ofrece el trabajo de
configuración narrativa: “Las estrategias del olvido se injertan
directamente en este trabajo de configuración: siempre se puede
narrar de otro modo, suprimiendo, desplazando los momentos de
énfasis, refigurando de modo diferente a los protagonistas de la
acción al mismo tiempo que los contornos de la misma.”
El respaldo del poder y el consenso o la pasividad social son
determinantes para la configuración de formas de olvido social
basados en la manipulación consciente del pasado: El recurso al relato
se convierte así en trampa cuando poderes superiores toman la
dirección de la configuración de esta trama e imponen un relato
canónico mediante la intimidación o la seducción, el miedo o el
halago. “Se utiliza aquí una forma ladina de olvido, que consiste en
desposeer a los actores sociales de su poder originario de narrarse a si
mismos. Pero este desposeimiento va acompañado de una
complicidad secreta, que hace del olvido un comportamiento
semipasivo y semiactivo, como sucede en el olvido de elusión,
expresión de la mala fe, y su estrategia de evasión y esquivez
motivada por la oscura voluntad de no informarse, de no investigar
sobre el mal cometido por el entorno del ciudadano, en una palabra,
por un querer-no-saber. Europa Occidental y el resto de Europa
dieron el penoso espectáculo de esta terca voluntad, después de los
plúmbeos años de mediados del siglo XX.”
Los ejemplos se pueden multiplicar al infinito. Consideremos
brevemente el caso alemán.Tras el hundimiento del nazismo, la
sociedad alemana reprimió el recuerdo de los aspectos consensuales
del régimen y concentró en éste las responsabilidades criminales, en
el marco del realineamiento alemán en la guerra fría, que tornaba el
escenario poco propicio para la reflexión sobre aquel pasado. Nadie
recordaba haber sido nazi, nadie de haber sostenido con entusiasmo al
régimen de Hitler, nadie – contra toda evidencia – reconocía haber
sabido nada del exterminio de los judíos, ni del trabajo esclavo, ni de
haberse beneficiado con el nazismo. Había motivos para decidir no
recordar: eran centenares de miles los directamente implicados en las
prácticas criminales del nazismo, y millones los que lo sustentaron.
Más de 300.000 alemanes habían sido arrestados al finalizar la guerra
por pertenecer a la Gestapo, la SS o la dirección del NSDAP, partido
que tenía más de ocho millones de afiliados. El reconocimiento de su
papel en el pasado inmediato podía hacerlos enfrentar un juicio penal.
En el propio año 1945, Karl Jaspers publicó su célebre texto
acerca de la culpabilidad alemana, en la que distinguía entre una
culpabilidad criminal, una culpabilidad política y una culpabilidad
moral. Mientras la primera no ofrece mayores problemas, las
segundas implican el problema de la responsabilidad por lo que la
sociedad promovió activamente e incluso por lo que fue incapaz de
evitar. La publicación de su ensayo provocó que Jaspers fuera a la vez
ser tildado de americanista por la izquierda y de antialemán por los
conservadores. Después de 1945 la mayoría de los alemanes se
esforzó por olvidar el pasado nazi y los terribles crímenes de un
régimen que había contado con el apoyo de al menos un sector de la
población. Pretendiendo no haber estado al tanto de los crímenes
nazis, evitaron preguntarse por el problema de la culpabilidad.
Considerándose a sí mismos como víctimas, se concentraron en el
recuerdo de sus propios sufrimientos – los bombardeos, el hambre, el
éxodo – y prefirieron ignorar los que el nazismo infligió a otros. El
aislamiento de Jaspers fue tal que decidió abandonar Alemania para
radicarse en Basilea. Simultáneamente, los exiliados antifascistas que
regresaban a Alemania eran mirados con sospecha y desconfianza. La
voluntad de no recordar duró demasiado tiempo. El juicio a Eichmann
en Jerusalén y el juicio a los guardias de Auschwitz de 1963 serán
jalones determinantes en ese proceso, que comenzó a completarse
cuando la generación de 1968, como parte de su cuestionamiento al
orden social, no dejó de poner en tela de juicio la conducta de sus
antecesores en los años del nazismo, y alcanzó su coronación
simbólica cuando el Canciller Willy Brandt se arrodilló frente al
monumento del Gheto de Varsovia en 1970.
Tampoco la República Democrática Alemana (RDA) escapó en los años de la posguerra, y casi hasta el final del régimen, a las políticas del olvido. Al calor de la guerra fría, la memoria oficial de la RDA se apropió de la tradición
antifascista, a la que incorporó a unos usos que reforzaban la tradición
antiliberal y nacionalista alemana, marginalizando el recuerdo de la
Shoa mientras la pretendida lucha contra el “cosmopolitismo”
encubría el renacimiento del antisemitismo de los regímenes
stalinistas.
Más cerca en el tiempo, el fin de los sistemas políticos
comunistas del este europeo fue acompañado por una verdadera
explosión memorial: memorias colectivas antes reprimidas y
constreñidas al silencio se reapropiaron del espacio público, mientras
que la memoria comunista oficial, privada de sus sostenes
institucionales, se borraba. El pasado reciente fue reinterpretado de
acuerdo con nuevos criterios y en función de nuevas exigencias
políticas e identitarias: la historia de los sufrimientos infligidos a la
nación por el régimen comunista constituye el esquema de
interpretación dominante. El paradigma antifascista, que estaba en el
centro de la memoria y de la historia oficiales comunistas, fue
reemplazado por el paradigma anticomunista: el comunismo es
presentado, en lo sucesivo, casi exclusivamente como un régimen de
terror y de violencia comparable al régimen nazi, impuesto por la
Unión Soviética y que se habría mantenido en el poder solo por la
fuerza y la violencia. Así es, atribuido a causas y circunstancias
exteriores sobre las cuales las sociedades involucradas no tenían
influencia. Aparece como una especie de catástrofe natural que se
habría abatido sobre la nación. Las políticas de la memoria
implementadas en esos países están fuertemente marcadas por una
visión nacionalista de la historia, de la que proponen una lectura muy
selectiva, que oculta los aspectos no conformes a la imagen que
quieren transmitir. En ocasiones, estas no dudan en rehabilitar, en
nombre de la lucha contra el comunismo, a figuras que no podrán en
ningún caso considerarse democráticas. En Rumania se erigieron
monumentos a la memoria del mariscal Antonescu, que estuvo
involucrado, entre otros crímenes, en el exterminio de los judíos
rumanos. En Estonia, a los voluntarios de esa nacionalidad que
formaron parte de las SS se los conmemora como a luchadores por la
libertad.
No podemos olvidar, por cierto, aquellos casos en que la
negación del pasado involucra a un estado nacional en relación a un
colectivo que les resulta ajeno, sosteniendo lisa y llanamente la
inexistencia de los actos de extrema violencia denunciados por ese
colectivo. Aunque han transcurrido exactamente 100 años, el Estado
Turco continúa negando de manera ininterrumpida la existencia
misma de un genocidio contra el pueblo Armenio, y en la sociedad
turca apenas comienza en nuestros días un debate al respecto. El 17
de octubre de 1961 una manifestación de la Federación Francesa del
FLN para protestar contra el toque de queda sufrió una violentísima
represión, con decenas de miles de detenidos y al menos cien
argelinos asesinados, cuyos cadáveres fueron arrojados al Sena. El
cruel acontecimiento permaneció en el olvido hasta 1999 cuando el
estado Frances reconoció la terrible masacre. Ese fue también el año
en que el estado francés admitió que los brutales acontecimientos
desarrollados en el territorio de Argelia desde la década de 1950 no
habían sido “operaciones de mantenimiento del orden” sino una
guerra.
Presentemos brevemente, por último, un caso
latinoamericano. Al analizar a fines de la década de 1990 la transición
chilena, sostenía Tomás Moulian que una de las características de su
presente era la “compulsión al olvido”, manifiesta en la imposibilidad
de hallar un modo en común para nombrar los eventos de la década de
1970 y 1980.29 Para las víctimas del pinochetismo el olvido era vivido
como un remanso tras largos años de tensión, para los que apoyaron
al régimen pero ingresaron a carreras políticas en democracia, se trata
de un olvido de la connivencia o de la participación. Pero más allá de
ambos, Moulian destaca el rol del olvido estratégico, pactado, como
un resultado de la razón de estado. En sus palabras: “La llamada
transición ha operado como un sistema de trueques: la estabilidad, se
dijo, tiene que ser comprada con el silencio. Pero creo que se trató de
una trampa de la astucia (…) Pienso que el sentimiento de miedo
existió, efectivamente, en la masa, en los ciudadanos comunes. Pero
la élite decisora actuó inspirada por otra estrategia, la del “blanqueo”
de Chile”. Se trataba de una estrategia que tomaba al miedo como
justificación, pero que en realidad buscaba “… resituar a Chile,
construirlo como país confiable y válido, el Modelo, la Transición
Perfecta. Para ello era necesaria la cirugía plástica, la operación
transexual que convirtió al Dictador en el Patriarca.”, concediéndole
así a Pinochet no solo la impunidad sino también la majestad.31 De
este modo Chile renunció a examinar su pasado no sólo en nombre de
los valores de una democracia que no se concibe sino atada al libre
mercado, sino por la convicción de las élites de que se debía renunciar
al pasado en nombre del futuro. De este modo, “el consenso es la
etapa superior del olvido”.
Volvamos a la propuesta de Ricouer, y retomemos el olvido
por destrucción de huellas. Una vez más aparece aquí la faz más
siniestra de las masacres del siglo XX, desde el nazismo en retirada
volando las cámaras de gas y los crematorios hasta la política
argentina de desapariciones, en la que el ocultamiento primero de los
prisioneros en centros clandestinos de detención o luego de los
cuerpos – arrojados al mar o inhumados clandestinamente – pretendía
borrar toda huella del crimen, y con ello, arrojarlos al olvido para
siempre. Esa era la intención explícitamente formulada por Himmler
en su discurso de Poznan del 4 de octubre de 1943, cuando al referirse
al exterminio del pueblo judío decía “Ésa es una página de gloria en
nuestra historia que nunca se ha escrito y que nunca se escribirá…”
Considero que hay aun dos formas excepcionales de olvido
que vale la pena reseñar aquí. La primera está referida al caso
español, en el que las demandas de olvido y amnistía provinieron no
de los vencedores sino de los derrotados. La segunda a aquellos
grupos que por su relativa debilidad, no lograron imponer en el
espacio público una política de memoria sobre sus padecimientos.
Desde la transición a la democracia hasta fecha muy reciente,
no se fomentó ninguna política sobre los lugares de memoria por
parte de las instituciones centrales del Estado, y todo lo referente al
cambio de nominación de calles, y construcción de monumentos y
museos fue dejado en manos de los ayuntamientos y comunidades
autónomas. Producto de ello, persisten hasta hoy en distintas ciudades
una gran cantidad de símbolos del franquismo. Solo en fecha muy
reciente, ya en el siglo XXI, se desarrollaron acciones parlamentarias
dedicadas a condenar la dictadura y revisar algunos de sus efectos. La
más relevante de ellas es la conocida como Ley de Memoria Histórica
del 26 de diciembre de 2007, por la que se reconocen y amplían
derechos y se establecen medidas en favor de quienes padecieron
persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura. Por
motivos opuestos, la ley no contó con el apoyo del Partido Popular ni
Esquerra Republicana de Cataluña. La sanción de esta ley implicó
una ruptura fundamental respecto al acuerdo implícito de “echar al
olvido” el pasado de guerra y dictadura formulado durante la
transición. Echar al olvido no significó olvidar, sino evitar el uso en el
debate político de la naciente democracia de recriminaciones y
atribuciones de responsabilidad que imposibilitaran el diálogo. En
efecto, durante la transición se adoptaron lo que Stephen Holmes ha
llamado reglas mordaza estabilizadoras de la democracia, de manera
que “sujetando nuestra lengua en situaciones delicadas podemos
asegurarnos unas formas de cooperación y compañerismo que de otra
forma serían inalcanzables. Las consecuencias de esta estrategia
resultaron múltiples, pero entre ellas dos son de fundamental
importancia. Por un lado, la supuesta neutralidad del silencio
benefició a la derecha, mucho menos interesada en hurgar en el
pasado que la izquierda. Por otro, no abrir las heridas del pasado
supuso una renuncia explícita a hacer de la memoria de la dictadura el
fundamento de la naciente democracia, produciéndose en nombre de
la utilidad política un daño innegable a la verdad y la justicia. Como
resumió Saz “El recuerdo de un mal – la guerra civil – había marcado
los límites por donde debía transitar la transición, pero (…) era el
recuerdo de otro mal el que se eclipsaba. La democracia española
nacía curada de memoria – de la guerra civil – pero ‘enferma’ de
olvido del franquismo”.
Tres conjuntos de explicaciones explican las políticas de
“olvido” desarrolladas durante la transición. Todas parten de la
evidencia de que, a diferencia de otros regímenes dictatoriales
europeos, el franquismo no fue derrotado militarmente, ni por la
fuerza de la oposición política antidictatorial. Unas enfatizan el
carácter estratégico de las mismas: se trataba de desactivar las
amenazas provenientes de la extrema derecha y el ejército a la
naciente democracia. Esta habría sido la raíz de la doble amnistía de
1976 y 1977. 37 El diario El País, por entonces vocero de la oposición
democrática antifranquista señalaba en relación a la ley de amnistía
de octubre de 1977 que “La España democrática debe, desde ahora,
mirar hacia adelante, olvidar las responsabilidades del pasado y los
hechos de la guerra civil, hacer abstracción de los cuarenta años de
dictadura”.
Otro conjunto de explicaciones se vincula con las anteriores,
pero enfatizando en los efectos del pasado traumático sobre aquel
presente. La larga sombra de la sangre derramada durante la Guerra
Civil y la dictadura promovieron una voluntad generalizada de no
repetir dicha experiencia bajo ninguna circunstancia.
Una tercera perspectiva, en algún punto discordante con las
anteriores, señala la existencia de una gran cantidad de precedentes
que explicarían las decisiones tomadas durante la transición. Santos
Juliá ha rechazado la crítica de las nuevas generaciones que, al
rehabilitar a sus abuelos asesinados, arrojan una sospecha sobre la
generación de sus padres, a los que acusan de haber optado por la
amnesia y la desmemoria en lugar de enfrentarse abiertamente al
pasado. Esta acusación sostiene que los españoles de 1977,
atemorizados, no se atrevieron a mirar atrás, y guardaron silencio.
“Gracias a ese supuesto pacto de silencio, el franquismo habría
podido sobrevivir a la muerte de su fundador, los españoles habrían
vivido sometidos a una ´tiranía de silencio´ (…) y el sistema político
en construcción por aquellos años no sería más que la continuación de
lo mismo por distintos medios” . En su óptica, estos juicios se basan
en la falsa identificación entre amnistía y amnesia. Por el contrario,
Juliá propone un recorrido por la historia de las representaciones de la
guerra para comprender la génesis de la tensión entre memoria y
olvido que explicaría las políticas de la transición. Frente a las
políticas de venganza y exterminio desplegadas durante y tras la
guerra civil, resultaron escasas las voces, todas ellas del lado de la
República, que definieron la guerra como una catástrofe nacional o
como una guerra fratricida, y rechazados por el franquismo todos los
intentos por alcanzar alguna negociación. De hecho, cuando el propio
Cardenal Gomá afirmó en 1939 que había llegado la hora de
“perdonar y amar a los que han sido nuestros enemigos”, el gobierno
le prohibió propagar sus recomendaciones. Por el contrario, el
régimen de Franco siempre empleó el recuerdo de la victoria en la
guerra como fuente de su legitimación. Esta memoria de la guerra
sostenida por el Estado y la Iglesia, y se difundió en los años de la
dictadura a través de ritos, celebraciones y agobiantes formulas de
adoctrinamiento.
Con la llegada a la vida pública de una nueva generación, la
contienda civil comenzó a ser definida como una “guerra fratricida”.
Con el resurgir de la militancia estudiantil en 1956, antiguos
falangistas actuaron junto a nuevos comunistas “una novedad que
derribaba barreras y mezclaba los campos divididos por la guerra
civil”. En la nueva oposición al régimen no importo el campo en que
hubieran militado ellos mismos o sus padres en la Guerra Civil. La
Agrupación Socialista Universitaria se presentó el 1 de abril de 1956
con un manifiesto que decía “nosotros, hijos de los vencedores y los
vencidos” [deseamos] “reconciliarnos con España y con nosotros
mismos”.
El nuevo relato de estos jóvenes exentos de responsabilidad
en la guerra, la definía como una tragedia inútil, y las llamadas a la
reconciliación se multiplicaron. Esta tendencia abarcó también a
sectores relativamente amplios del mundo católico, aunque hasta
1971 la Iglesia española no se enfrentó de forma oficial al debate
sobre su papel en la guerra civil.
De modo que las exigencias de reconciliación procedieron de
los derrotados. Guerra fratricida, amnistía y reconciliación estaban
íntimamente entrelazadas: había que olvidar la guerra entre hermanos
para fundar otro Estado. La política de olvido como base de una
amnistía general se formuló varias décadas antes de la transición y no
implicó borramiento de la memoria. ”Desde 1937 el presidente de la
República y entre pequeños grupos de exiliados, desde 1944 en
grupos de la oposición interior, desde 1948 en monárquicos y
socialistas, desde 1956 en la nueva generación nacida durante la
República y la guerra, desde 1962 entre los reunidos de Munich y en
el nuevo movimiento obrero, la amnistía de una amnistía general
como umbral a la democracia jamás tuvo que ver con una general
amnesia. Por el contrario, cada vez que se hablaba de amnistía se
recordaba necesariamente la guerra (…) Solo la guerra daba sentido a
la amnistía, sólo el recuerdo podía llenar de contenido político la
decisión de olvido”. La radical novedad de la transición fue que la
decisión de olvido se extendió desde las fuerzas antifranquistas hasta
abarcar a los herederos directos del franquismo.
Si la memoria de la guerra y el franquismo tuvieron un uso
escaso en el debate político, la historiografía no ha dejado de prestarle
atención. Se han publicado más de veinte mil libros sobre la Guerra
Civil y los estudios sobre la dictadura se cuentan por miles. En las
últimas décadas la disciplina histórica ha contribuido enormemente a
conocer los mecanismos represivos del franquismo y a establecer el
escalofriante número de sus víctimas más directas: 150.000
asesinados, 400.000 personas aprisionadas en campos de
concentración y 270.000 encarcelados, sobre una población total de
unos 26 millones de habitantes.
.
A estas investigaciones se sumaron innumerables artículos
periodísticos, publicaciones de memorias, obras literarias y
cinematográficas, y otras formas de expresión. Sin embargo, estos
caminos no encontraron vinculación alguna con la acción política ni
la exigencia de reparaciones, hasta el año 2000, cuando surgió la
Asociación para la recuperación de la Memoria Histórica, que
recabó apoyos para la exhumación de fosas comunes de la Guerra
Civil. A fines del siglo XX, el discurso de la memoria se multiplicó
en España, e impactó sobre el ámbito político institucional. La idea de
que existían culpas compartidas fue puesta en cuestión no solo por los
nietos de los que sufrieron la represión, para quienes equiparar a
víctimas y verdugos era intolerable, sino también por la mayoría de
los partidos políticos, que en 1999 aprobaron por primera vez una
resolución parlamentaria condenando “el levantamiento militar contra
la legalidad constituida”. Frente a ello, fue el Partido Popular el único
que mantuvo la interpretación de la guerra como un enfrentamiento
fratricida.
La otra forma de olvido a la que quiero referirme tiene que
ver, como señale, con su posición subalterna o invisible, que condena
su voz a una audibilidad casi imperceptible, en definitiva, una de las
formas del olvido. .Pensemos en el caso de las victimas homosexuales
del Tercer Reich. Solo a comienzos del siglo XXI se construyó en
Berlín un Memorial de las víctimas homosexuales de la dictadura
nazi, como resultado del auspicio de la fracción verde del Bundestag.
Muy pocos son los sobrevivientes de las 50.000 personas condenadas
a prisión bajo el nazismo por violación del artículo 175 del Código
Penal, que definía las relaciones homosexuales como un delito,
mientras otros 5000 fueron internados en campos para ser reeducados
a través del trabajo forzado y otras fueron sometidas a experimentos
médicos. La estigmatización social de la homosexualidad continuó
por décadas (el delito de homosexualidad no fue abolido sino en
1969) lo que motivo que muchos homosexuales ocultaran su
condición a través de casamientos ficticios u otras estrategias, o bien
emigraran. A este “olvido” contribuyeron de modo voluntario o
involuntario los parientes o descendientes de las víctimas, que
pudiendo haber exigido compensaciones al Estado, prefirieron no
hacerlo para no exponer la vida privada de sus parientes.
También aquí los ejemplos podrían expandirse por miles: es
necesario recordar las polémicas desatadas en EEUU con la
construcción de un Museo del Holocausto que, aunque bienvenido,
dejaba más que nunca de manifiesto la inexistencia de un Museo de la
Esclavitud, o uno que diera cuenta del destino trágico de los pueblos
originarios americanos? Es preciso señalar la casi ínfima presencia de
las memorias campesinas, indígenas, migrantes, en las políticas
públicas de nuestros países latinoamericanos?
Como hemos visto, el despliegue de las políticas del olvido
resulta tan amplio en variedad como las de las políticas de memoria, y
dependen no solo de la voluntad estatal sino de la aceptación o
acompañamiento social, sea por acuerdo, complicidad, acatamiento o
impotencia. En la era de la memoria es fundamental comprender que
el olvido no resulta una dimensión independiente, sino el resultado de
un proceso deliberado de selección, justificación, construcción, puesta
en narración. Por ello, las políticas de memoria y de olvido son el
resultado de las luchas políticas de nuestro presente, de nuestro
balance de poder, de las circunstancias de nuestra cultura. Quizás
como nunca antes en nuestras historias latinoamericanas podemos
aspirar en este comienzo de siglo a que, por un lado, los grupos más
relegados puedan por fin hacer presente su voz, la narración de su
historia y de sus demandas en las esferas públicas de nuestros países,
y a que por otro, el antónimo del olvido sea esta vez si, la justicia.